LA ÉPOCA DORADA DE LOS INTELECTUALES FRANCESES

Por Iñaki Urdanibia.

Una detallada y rigurosa historia de unos tiempos ricos en ideas, teorías, y… creatividad esperanzadas.

Si en algún país se ha dado importancia a los intelectuales y se les ha escuchado en la escena pública es en Francia, desde los philosophes hasta finales del siglo veinte la figura del intelectual ha ocupado un lugar no desdeñable en la marcha del país, como conciencia crítica o como orientación, no se debe, ni se puede, obviar el affaire Dreyfus y el consiguiente J´accuse de Émile Zola, ni la bronca de Benda. Esto se ha traducido en el mundo editorial en el que se ha dado relevancia a obras sobre el asunto: desde quienes han centrado su mirada en definir las características de la intelectualidad y el papel que ha desempeñado en la arena política hasta quienes han tratado de elaborar historias de los intelectuales, la bibliografía, como digo, no ha escaseado; ahí están los nombres de Michel Winock, Alain Minc, Alan Riding, Herbert Lottman, Wikinson, Shlomo Sand, etc., etc., etc.

Ahora acaba de ver la luz una obra gigantesca, dos volúmenes que suman unas mil trescientas páginas, cuya paternidad recae en un hombre curtido en esas lides del estudio de figuras del panorama cultural hexagonal (Castoriadis, Certeau, Paul Ricoeur o la biografía cruzada de Gilles Deleuze y Félix Guattari, por citar algunas a las que he tenido acceso) o de algunas corrientes del pensamiento (sus dos imprescindibles volúmenes de la historia del estructuralismo), me refiero a François Dosse y a su obra La saga des intellectuels français. 1944-1989, cuyo primer volumen va de 1944 a 1968, À l´épreuve de l´histoire, y el segundo de 1968 a 1989, L´Avenir en miettes (Gallimard, juillet de este año/ si bien el segundo volumen ha visto la luz este septiembre). Las mismas portadas de ambos volúmenes resultan significativas a tope: el primero con la imagen de Jean-Paul Sartre, el segundo con una foto de Michel Foucault, el paso o cambio del intelectual orgánico (profético o universal dice Dosse en sustitución de la calificación gramsciana) como representante del pueblo, de la clase o la nación, al intelectual específico del que hablase el autor de Les mots et les choses, lo cual no significaba, y menos en el caso del propio Foucault, que éste se encerrase en una torre de marfil, alejada e insensible a lo que en la calle sucedía.

Las fechas que delimitan el periodo abarcado el que va de la Liberación de Francia del ocupante nazi y del gobierno kolaboracionista de Vichy a la caída del muro de Berlín, como símbolo o metáfora del fin de las esperanzas en des lendemains qui chantent (si es que para entonces la URSS y sus países satélites significaban algo para los defensores de la emancipación de los humanos, sea dicho al pasar); casi cincuenta años en los que el Hexágono se convirtió en una caldera de ideas en ebullición, unas obras y teorías que trascendieron más allá de las fronteras galas, y que, guste o no, dejaron su honda huella en los tiempos que les siguieron.

No es el menor de los méritos de la obra, que no son pocos, el situarse/situarnos au milieu de la mêlée, en vez de enjuiciar las cosas desde un hoy en que se puede saber más de lo que entonces se sabía o se interpretaba, o se podía adivinar; es decir, que en vez de adoptar una óptica omnisciente del que todo lo sabe, sin reparar que es claro que tras el parto todos sabemos el sexo del recién nacido (hoy en día las pruebas previas hacen que esta frase quede invalidada, pero bueno para entendernos vale), cosa que hace el ensalzado Tony Judt, por ejemplo, adoptando ciertos aires inquisitoriales. Dosse sigue de cerca a los protagonistas (atención especial merecen en su travesía los Sartre, Camus, Aron, Simone de Beauvoir, Claude Lévi-Strauss, Barthes, Lacan, Deleuze, Foucault, Derrida, Morin por referirme a los más destacados) sus relaciones, sus cambios y la exposición del contenido de sus principales obras o ideas (el caso de, por ejemplo, El hombre rebelde de Albert Camus es realmente sobresaliente o la bomba que supuso la publicación de El segundo sexo, del mismo modo que puede aplicarse, ese detalle y fidelidad, a otros planteamientos como la deconstrucción derridiana, o el Anti-Edipo de Deleuze et Guattari, por ejemplo… y no sigo), y no es éste otro de los méritos menores, ya que sin lugar a dudas la exposición de los distintos pensamientos están realizados con rigor y claridad, como digna compañía al fiel seguimiento cronológico. Y en ese pormenorizado rastreo conocemos, ligados a los personajes que los encarnan, los potentes pensamientos que fueron el existencialismo, el marxismo, el estructuralismo, el gauchisme o el posmodernismo, por ceñirme a los que quizá gozaron de mayor presencia. En este orden de cosas, ejemplares resultan las páginas dedicadas a la edad de oro de las llamadas ciencias humanas en las que confluyeron distintas disciplinas (lingüística, psicoanálisis, la antropología y la historia).

El historiador tiene la habilidad de hacernos entrar en la historia en su calor, en las ilusiones, las frustraciones, las esperanzar y las subsiguientes dosis de desesperanza que sacudieron a los protagonistas de estos intensos tiempos visitados. Desde el inicio somos arrastrados a sumergirnos en los aires de los años visitados, a lo que ayuda la prosa que combina la soltura narrativa con la acumulación de datos fuentes y las palabras de los propios protagonistas… y nos vemos al iniciar el viaje en los tiempos de la Liberación con la campaña de depuración que si inicialmente concitaba el acuerdo, fue viendo cómo se dividían las posturas entre los intransigentes y los más conciliadores. Tiempos de importante dominio, y presencia, del PCF, el partido de los pretendidos setenta y cinco mil fusilados, que influía en las decisiones que se tomaban siendo sus opiniones no solo tenidas en cuenta sino que, en gran medida, su aceptación era requisito para estar en la onda y no ser descalificado. Vemos los juicios a escritores e intelectuales por la colaboración con los alemanes (Brasillach, Drieu La Rochelle, Céline…) y el trato desigual con respecto a ellos del mismo modo que a las editoriales, ya que ciertos apoyos servían para librar a muchos de los implicados, resultando, al fin y a la postre, que en donde más funcionó la justicia, y la venganza, fue entre las gentes humildes y en los pueblos más que en las zonas urbanas. Tiempos en los que la figura de Sartre – atacado con furia por quienes más tarde serían acompañados por él en la ruta- y su revista Les temps modernes jugaba un papel importante, del mismo modo, aunque en menor medida, lo jugaban algunas nuevas publicaciones de tendencia gaullista (jugando un destacado papel el abducido por la larga figura del general, François Mauriac) o cristiano-progresistas, en la onda de Emmanuel Mounier y su personalismo. La relevancia mayor del autor de La náusea, va a hacer que le acompañemos en sus relaciones de famille (Simone de Beauvoir, Merleau-Ponty, Francis Jeanson…) y las sucesivas rupturas con Aron, con Camus, con Claude Lefort y con Merleau-Ponty. Rupturas todas ellas provocadas por el encuadramiento cada vez más fiel de Sartre con el PCF y la URSS como únicos polos válidos para que la clase obrera avanzase hacia su liberación, postura que correspondía a la consideración bastante generalizada de los ciudadanos franceses que juzgaban que, a pesar de los pesares, el principal causante de la derrota del nazismo debía ligarse con Stalingrado. El espacio dedicado a la obra, bandera avanzada del feminismo moderno, de Siome de Beauvoir deja ver el fuego cruzado que le fue lanzado desde prácticamente todos los costados: desde el Vaticano que lo incluyó en el Índice de libros prohibidos a los ataques de las filas dichas comunistas, sin obviar a la enfurecida derecha.

Los pasos siguientes que expone el libro es la sacudida que supuso, en 1956, la cuestión húngara, con la intervención soviética y la anulación de los intentos consejistas que se daban en tal país, represión que ya venía precedida de la sucedida en Polonia; todo ello supuso el abandono del PCF de cantidad de militantes de prestigio (Duras, Antelme, Mascolo, Morin, Lefebvre…) y los intentos de hallar una tercera vía que situándose en la izquierda huyese del catecismo pretendidamente comunista; no fue tampoco un asunto insignificante el informe secreto de Kruschev ante el XX congreso del PCUS en el que se denunciaban los crímenes cometidos bajo el mandato de Stalin y el culto a la personalidad que a éste se rindió; allá comenzaba el declinar del asfixiante dominio de las chirenes posturas soviéticas, defendidas a capa y espada por el PCF, sobre la ciencia burguesa y la ciencia proletaria (Lyssenko) y las concepciones sobre el arte y literatura, obedientes del estricto realismo socialistas propuesto por el estricto comisario Jdanov… que suponía descalificaciones, denuncias, y juicios a quienes no aceptaban tales dogmas (Kravtchenko, Rousset, Buber-Neumann…). Es analizada la cuestión colonial en los lugares en que Francia tenía asentadas sus botas (Indochina, el norte de África: Marruecos, Túnez y Argelia), cobrando mayor violencia la que estalló en el país que tenía, y tiene, como capital Argel… Dos tendencias – y otras con matices – surgieron ante tal situación: la que llamaba a la insumisión (manifiesto de los 121) y la que defendía Argelia como parte de Francia… La salvaje violencia ejercida por el ejército francés sobre la población magrebí y la tortura elevada a sistema habitual en el trato de los detenidos (el caso Audin y el texto de denuncia de Henri Alleg, que fue prohibido). Al tiempo se va radiografiando la presencia de revistas que se posicionan ante tales tesituras ( Les Temps Modernes, Esprit, Preuves, Arguments, Socialisme ou Barbarie…) y editores como los de Seuil el valiente Lindon, que veía sus libros comprometidos – editados en Les Éditions de Minuit – retirados de las librerías, o… François Maspero. El anticolonialismo revestía distintos ropajes: por una parte, los que lo denunciaban por razones humanitarias o los que apostaban por el despertar de las luchas de liberación nacional, con el surgimiento de las posturas que se posicionaban del lado de las luchas del Tercer Mundo, con la consabida tibieza, y su llegada tardía, de los jerarcas del PCF. Hincapie se hace en el año 58 que supuso la vuelta del general De Gaulle proponiéndose como salvador de la patria tanto a nivel interno como de cara a dar solución a la cuestión argelina.

Este espíritu de defensa de las diferencias, y hasta de elogio de ellas, va a dar paso al análisis del momento etnológico, con relevancia especial en las ideas del antropólogo Claude Lévi-Strauss, y sus obras (Race et Histoire, Tristes Tropiques…) y la irrupción del estructuralismo… Terreno que no cabe duda de que Dosse pisa con paso firme como ya había dejado demostrado en sus dos tomos de su necesaria Historia del estructuralismo (hay traducción en Akal, 2004). Atención se presta igualmente a la implantación de los maestro de la sospecha (Marx,Nietzsche y Freud), y el poso que al Concilio Vaticano II tuvo en tierras hexagonales.

[No quisiera pasar por alto un par de cuestiones oscuras o cuando menos inexactas que se cuelan en este primer tomo: por una parte, en la página 244 se habla de cierta colaboración de Franco con la URSS, al entregar republicanos que posteriormente acababan en los campos de concentración soviéticos (???); por otra, en la página 349 en la lista de quienes llamaron a la insumisión a participar en la guerra argelina se puede ver entre los firmantes a Henri Lefebvre, mientras que en la páginas, siguiente, 350, se puede ver su nombre entre quienes denunciaban la traición de los anteriores. Es una obviedad señalar que la postura de Lefebvre era clara y distintas, y su nombre sobra en el segundo caso]

El segundo volumen, L´avenir en miettes. 1968-1989, se inicia con un acercamiento a mayo del 68 y sus protagonistas. Se destaca la centralidad recuperada por Sartre que parecía haber quedado sepultado por la moda estructuralista; parecía como que en los hechos se pusiese en práctica una venganza que ponía fin al dominio estructuralista, y su pretendido cientismo, para retornar a los grupos de fusión de los que hablase el autor de la Crítica de la razón dialéctica. Además, obviamente, de prestar atención a los hechos y sus escenarios, desde Nanterre al quartier latin y su Sorbona, y sus extensiones al mundo obrero y al cultural, se detalla el papel de algunos de los protagonistas, prestando especial atención a Félix Guattari y su banda; como siguiendo la ley de los vasos comunicantes, la radicalización por la izquierda supuso el crecimiento de las posturas contrarias: el movimiento Occident, que tras su prohibición hizo que sus militantes engrosaran las filas del Front de Le Pen, y la aparición de las posturas de la nueva derecha, con pretensiones más sofisticadas en los teórico. Se detiene el autor en el enorme prestigio que adquirió Mao y su revolución cultural que hizo que no pocos intelectuales viajaron al país asiático como en otros tiempos se había viajado a la URSS o a Cuba. Dos aspectos centran la atención de Dosse en aquellos tiempos de movilización y los posteriores: la pretensión de cambiar la vida, huyendo de las posturas meramente económicas y prestando atención a los aspectos cotidianos, innovaciones que daban lugar a visiones más anti-autoritarias y autónomas de los marcos establecidos (el ejemplo de la facultad de Vincennes resulta paradigmática) y la irrupción del feminismo con su MLF y la lucha a favor de la contracepción y la interrupción voluntaria del embarazo. Unas páginas, a mi modo de ver luminosas, dan cumplida cuenta de la obra de Deleuze et Guattari, L´Anti-Oedipe, y la correspondencia especular de dicha obra con el espíritu del 68… Igualmente se analiza el brote de la corriente de la nueva historia: Braudel, Emmanuel Le Roy Ladurie, y algunas de las obras históricas de Michel Foucault, que alejándose de los grandes nombres y de los grandes hechos ponían su atención en temas locales o en aspectos sectoriales de la historia… una puesta por lo micro frente a lo macro.

El paso siguiente se centrará en las voces que venían del Este europeo y el fin de la creencia en el paraíso del socialismo real (la obra de Anthur London, La confesión, y la promocionada publicación del Archipiélago Gulag de Soljenitsyne, va a suponer un verdadero seísmo en el Hexágono, dando paso a la irrupción del movimiento de los nouveaux philosophes, de la reivindicación de los disidentes y el alzamiento de la bandera de los derechos humanos, y el desarrollo de las posturas humanitarias, centradas en la ayuda a los condenados de la tierra del Tercer Mundo.

A continuación se estudian los tiempos de desorientación en la que acaba el prestigio de los grandes intelectuales, dando paso a las figuras mediáticas, que representan posturas néo-réacs, ante la desorientación de la izquierda. Sin olvidar la presencia de la conciencia ecológica, el ascenso de la vena ética como medida de cualquier forma de implicación social, y… la fecha del derrumbe del muro como metáfora del fin de unos tiempos en los que el peso de los intelectuales, comprometidos de uno u otro modo, dejaba ver su presencia y su influencia, dando paso a unos tiempos en los que las grandes ilusiones y esperanzas, basadas en los grandes relatos de legitimación que dijese Jean-François Lyotard, pierden fuerza y credibilidad abriendo el paso a unos desbrujulados tiempos.

La obra, realmente recomendable, analiza pormenorizadamente unos tiempos efervescentes y creativos, que supusieron cambios en el terreno de las ciencias sociales modificando la visión con respecto a los humanos, y en cuya sombra, vellis nolis, se permanece todavía… haciendo que hoy estén presentes en el panorama hexagonal bastantes enanos que se dejan ver ya que se apoyan en los hombros de los gigantes, sus antecesores. Concluye François Dosse su laboriosa travesía, mostrando su postura responsable, que huye del decadentismo y el escepticismo, de cara a hallar una salida al atolladero presente, en el que el mundo estudiado se desvanece y del nuevo apenas se vislumbra el nacimiento… «el proyecto de esta Saga des intellectuels français, cuya intención no es acompañar la nostalgia o la melancolía y complacerse en ellas. Su ambición es suscitar el necesario trabajo de duelo de las categorías del mundo antiguo y de otorgar un lugar a una auto-reflexión que pueda, separando los impasses del pasado, planteando las bases de un nuevo horizonte de espera y de esperanza, de un futuro no trazado que haya reencontrado una brújula para guiar la acción del hombre».

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